La nave de la Comunicacion

LA "POSVERDAD" ES LA MENTIRA.

Manipulación informativa

(Por Julia de Titto) “Lo que no se nombra no existe”, dijo alguna vez el francés George Steiner. Vivimos en tiempos donde el mensaje de aquella célebre frase se ha invertido. “Lo que se nombra, existe”, parecen gritar las redes sociales, muchos medios de comunicación y políticos alrededor del mundo. Es la era de la “posverdad”, vocablo que intenta dar cuenta de un fenómeno que se ha masificado por los avances de la tecnología pero que, en realidad, no es otra cosa que la mentira.

Decir que hay políticos que mienten no es una novedad. Menos que menos es algo nuevo que los medios de comunicación tergiversen la realidad para acomodarla a sus intereses. De “estamos ganando” a “el que depositó dólares, tendrá dólares” o “vamos a construir 10 kilómetros de subte por año” la población argentina está bastante acostumbrada a escuchar mentiras.

¿Pero qué diferencia a esas clásicas falsedades de lo que ocurre en la actualidad?

Medios de comunicación hipertargetizados; el desarrollo de la comunicación política a niveles impensados años atrás; ejércitos de bots o trolls que amplifican el alcance natural en redes sociales; “expertos” en distintos temas o personas autorizadas que legitiman datos, imágenes, frases, hechos; una crisis global de diarios y periódicos que los ha volcado al amarillismo y la búsqueda del clic; en fin, una suma de factores convergen en lo que se ha dado por llamar “régimen de la posverdad”.

Un tuit con una foto o afirmación sobre cualquier hecho de la realidad puede ser replicado por medios de comunicación y hasta ser motivo de declaraciones de funcionarios públicos sin que sea necesariamente real.

Un primer elemento para despejar: es falso que el acceso de millones a plataformas online se traduzca linealmente en una democratización de las fuentes y voces. El llamado “periodismo ciudadano” que tanto ha proliferado no es otra cosa que un cúmulo de gente difundiendo información sin formación o habilidades técnicas para clasificarla o jerarquizarla. Pero que también carece de los medios para su producción. Es entonces utilizado por los mismos poderes reales de siempre, como forma de legitimar su discurso y acción, a través de la “voz de la ciudadanía”.

Sin ir muy lejos en el tiempo, se puede analizar en esta clave los videos de supuestos civiles sirios que circularon hace unos meses y que Russia Today demostró que eran militantes opositores al gobierno de Bashar Al Assad, o imágenes falseadas de niños heridos que habían sido un montaje de un fotógrafo en Egipto.

También la situación actual de Venezuela es foco de una campaña de manipulación informativa. Los principales medios internacionales no hacen más que culpar a las fuerzas de seguridad por las muertes ocurridas en las últimas semanas, aunque el gobierno y organizaciones sociales venezolanas constantemente muestran filmaciones y distintas evidencias que desmienten la versión instalada sobre los hechos.

Hay, a su vez, sucesos mucho menos elaborados. Por ejemplo, la táctica del presidente estadounidense Donald Trump -especialmente durante la campaña electoral- que se dedicó básicamente a decir cosas que no encuentran ningún asidero en la realidad: un supuesto atentado en Suecia, por nombrar sólo una.

Esos son algunos casos. Como se puede analizar, las “posverdades” se amoldan bastante a las formas históricas de las campañas de desinformación, salvo por el uso de plataformas online. Manipulación o propaganda adaptada a la sociedad de la información.

Se cruzan, entonces, varios factores. Está la velocidad y alcance exponencial que ofrece internet y las redes sociales, la crisis de legitimidad de voces históricamente autorizadas para opinar de ciertos temas (el periodismo y la “clase política”, principalmente) y los intereses de los poderes fácticos. Todo forma un magma de caos amarillista en el que estamos inmersos como sociedad y hasta como periodistas.

“Macri dijo que le gusta matar cachorros los domingos” es tan viralizable como irreal. Pero si una, dos, diez, dos mil personas con las que tenemos contacto en redes sociales lo comenta, empezamos a dudar. Y descubrimos que tal o cual portal de noticias ya lo convirtió en nota, quizás hasta con un título en forma de pregunta o condicional para no terminar de arriesgar su credibilidad: “¿Es verdad que Macri mata cachorros?” “Todo lo que tenés que saber sobre los cachorros que Macri mata” “En las redes sociales afirman que Macri mata cachorros”. Y así las cosas, crece la indignación basada únicamente en la vieja y conocida “venta de humo”.

Son tiempos difíciles y la crisis de los medios de comunicación -en parte por haberse convertido en empresas que viven gracias a la publicidad y no a las ventas, en parte porque lo digital se está comiendo al papel, y en parte porque la sociedad no les perdona sus históricas mentiras- no colabora en revertir una tendencia creciente en Argentina y el mundo. A las noticias falsas (ahora les decimos fake news, así in english) tan de moda, a las manipulaciones informativas, intencionadas y con fines políticos, a la lisa y llana mentira, sólo queda por oponerle más y mejor periodismo, de este lado del mostrador. Reconstruir la confianza en el público. Ofrecer información siempre real y honesta.

Para quienes son (somos) lectores y lectoras con avidez informativa y acceso a internet, el consejo es chequear. Todos y todas somos responsables en combatir el “humo” y excavar en los títulos. Buscar la veracidad, aunque no sea lo más rápido ni lo que nos brinde más “likes”. Resistir la tentación de compartir esa nota, antes de buscarla en otros medios, ver la fecha, leerla con atención, distinguir entre potenciales y hechos. No colaborar con la desinformación.

Por último, recordar que si bien existen distintas formas de analizar la realidad, no hay mentira que pueda tapar los hechos. Llamar posverdad a la intencionada tergiversación no es otra cosa que barrer las responsabilidades y hacer aceptable uno de los mecanismos que los poderes fácticos tienen, sobre todo en este siglo, para confundir y dominar a los pueblos.