La nave de la Comunicacion

CULTURA 0, EL TRÁILER DE UNA PELÍCULA QUE YA VIMOS

Por Beatriz Chisleanschi

(Por Beatriz Chisleanschi /Especial para Motor Económico) En la noche del jueves 28 se realizó en el Cine Gaumount una multitudinaria asamblea contra “la muerte del cine nacional” y la Resolución que el Instituto Nacional de Cines y Artes Audiovisuales (Incaa) acaba de anunciar y que le estaría dando su extremaunción.

Firmada por el presidente del ente, Ralph Haiek, la resolución condiciona el acceso a créditos con cláusulas que resultan imposibles de cumplir por parte de los actores del sector.

Este nuevo ataque a la industria cinematográfica no es más que el correlato de los que recibió en el mes de abril cuando el Gobierno decidió desplazar a Alejandro Cacetta de la conducción del Incaa y a Pablo Rovito de la dirección de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC).

El ataque a la soberanía cultural no es nuevo. El neoliberalismo, en su afán hegemónico avanza, con toda su carga a cuesta, y para ello no duda en apelar a una política rupturista de los valores democráticos y, más aún de la democracia en sí misma. Esto incluye la democratización a la producción y acceso a los bienes culturales.

Carlos Marx decía que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y luego como farsa.

Durante la dictadura (1976-1983) la producción cinematográfica quedó paralizada producto de la censura, prohibición, persecución y suspensión de créditos, por lo que el volumen de películas realizadas fue de los más bajos de la historia. Con la recuperación de la democracia se facilitó el otorgamiento de fondos para subvenciones y créditos, pero los altos costos y la escasa financiación hicieron que muchos realizadores sólo pudieran producir un solo film.

La Tragedia

La ideología se volvió un lenguaje impuesto especialmente por los medios de comunicación y las producciones culturales, por tanto, su dominio se vuelve nodal y el desarrollo de la industria de la conciencia, clave. Y allí el neoliberalismo interpreta su mejor papel.

La crisis neoliberal de los años ´90 dejó como saldo una cultura agonizante. Con la destrucción de gran parte del aparato productivo se inició el tránsito de una economía industrial a otra financiera, agropecuaria y de servicios.

Así como no se apostaba a la producción industrial, como política de estado, tampoco a la producción cinematográfica. De esta manera, el Instituto Nacional de Cine contó con menos recursos de los habituales para la financiación, por lo que se redujeron la realización de películas, cortos o documentales y desaparecieron los concursos, subsidios y convenios. Sólo contribuyó a producir proyectos con financiamiento asegurado, es decir, ya armados industrialmente.

Las salas cinematográficas, entre otras, sufrieron las consecuencias de esas políticas. Algunas cerraron sus puertas convirtiéndose en iglesias evangélicas o espacios bailables; otras sufrieron un proceso de reconversión: mayor cantidad de salas con menor capacidad de butacas cada una y, fundamentalmente, la aparición de capitales internacionales que dio nacimiento a los grandes complejos cinematográficos y a una concepción diferente respecto a la forma de ver cine. Muchas de ellas, aún en existencia, se instalaron dentro del exponente máximo del capitalismo que son los shoppings: Hoyts, Complejo Village, Show Case, entre otros.

Era la época en que los y las artistas pedían a gritos “Somos actores queremos actuar”.

Los grandes pulpos hollywoodenses, y con ellos la instalación del American Way, ganaron terreno en las pantallas modernas en detrimento del cine nacional. Hollywood seduce, atrae, coopta y es el gran atrapador de sueños y el mayor productor de ideología.

La conformación de ideas, valores, creencias e ilusiones en pos de la creación de un sentido único estuvieron presentes en todos los ámbitos de la vida, y el cine cumplió un rol no menor.

La Farsa

Con la llegada del kirchnerismo al poder este proceso se revirtió. La desaparición de los exhibidores nacionales conllevó a que el estado se viera en la necesidad de tener sus propias salas para dar impulso al cine nacional. El espacio INCAA fue un resultado de esta política. La realización de películas de la mano de productores y directores independientes hicieron que se buscaran nuevas alternativas de exhibición, de esta forma museos, centros culturales, centros educativos se transformaron en un importante circuito de proyección de cine alternativo.

Durante los doce años de gobierno kirchnerista se produjeron más de 900 películas nacionales y se destinaron más de $ 200.000.000 a producir películas y modernizar las salas del país. Producir cine nacional se había constituido en un hábito en aquellos años, e ir a verlo, otro.

En diciembre del 2015 comienza la instalación de un neoliberalismo “reforzado”.

Si para el capitalismo el valor de cambio es el espectro propulsor del capital especulativo que sólo utiliza las capacidades productivas y necesidades personales como objetos de descarte, con el macrismo se observa su concreción en su máximo esplendor.

La cuestionada Resolución 942/2017/INCAA decreta la eliminación del cine independiente y de autor con la consiguiente pérdida de puestos laborales. Como una repetición de los ´90, la producción cinematográfica vuelve a convertirse en un negocio y no en una cuestión de soberanía cultural.

En la lucha simbólica por la producción de sentido la instalación de la industria de la conciencia, como mencionábamos más arriba, o más aún, ideológica, los seres humanos pasan a ser caldo de cultivo y la cultura pasa a ser una especie de “horticultura”, o sea: cultivo ideológico de hombres y mujeres (1). Y para ello los medios de comunicación juegan un rol vital y convertir a la cultura en un negocio, también.

Se trata de un ataque a la industria cinematrográfica, pero es más que eso, es el ataque deliberado y destructivo contra toda manifestación que pretenda construir otra lógica social, contra todo lo colectivo.

La repetición de la historia como farsa obliga a construir nuevas hegemonías. Hoy más que nunca la batalla es en el plano de las ideas.

Vienen por nuestras cabezas, vienen por nuestra cultura, vienen por nuestra democracia, vienen por nosotros.

Notas:

(1) Ludovico Silva: La plusvalía ideológica

Editora de Motor Económico. Lic. en Ciencias de la Educación. Docente