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Bolsonaro: el peligroso experimento de la ultraderecha en Latinoamérica

EL NEOFAZISMO TOMA EL PODER EN EL PAÍS MÁS PODEROSO DE LA REGIÓN

 

“El error de la dictadura fue torturar y no matar”.

"Esos rojos marginales serán barridos de nuestra patria”.

“Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que sea homosexual”.

“Usted no merece ser violada porque es muy fea”.

Jair Bolsonaro.

Brasil es el quinto país más grande del mundo. Su población es de 208 millones de habitantes y aporta el 40% del PIB de toda Latinoamérica.

Esta titánica nación ha elegido hoy a Jair Bolsonaro como el primer gobierno de ultraderecha desde que la democracia volvió al subcontinente.

Bolsonaro ha vencido a su contrincante, Fernando Haddad, del socialista Partido de los Trabajadores (PT), una formación que históricamente se ha turnado con el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), de centro derecha.

¿Qué han hecho mal las formaciones tradicionales para que un defensor de las dictaduras militares sea visto como la solución a todos los problemas?

¿Por qué ni si quiera Haddad, apadrinado de Lula da Silva, líder de la izquierda social latinoamericana –hoy en prisión por corrupción-, ha sido capaz de frenar el populismo extremista de su rival?

La situación, coinciden los expertos, no es consecuencia de un solo factor.

Brasil arrastra un 12,1% de desempleo y una inseguridad nacional que se traduce en 64.000 asesinatos anuales -175 muertos cada 24 horas-, según el Foro Brasileño de Seguridad Pública.

Bolsonaro, que pregona las recetas simplistas de sus homólogos europeos o estadounidenses, ha prometido trabajo para todos y vía libre para que la policía dispare contra cualquier sospechoso.

De cómo generará esos empleos o de si el gatillo fácil mejorará la seguridad no hay explicaciones concretas, solo promesas.

Un machista sostenido por mujeres

“El triunfo de Bolsonaro es haber convencido a los residentes negros de las favelas, los que hacen 2–3 horas de autobús cada día para ir a trabajar por salarios que apenas cubren sus facturas, de que él les va a sacar de ese mundo”, valora Heriberto Araujo, periodista radicado en Brasil.

"Las favelas suelen ser muy conservadoras y tienen amplias comunidades de católicos evangélicos. En ellas, Bolsonaro atrae mucho apoyo”, añade Sam Cowie, reportero británico que informa desde Sao Paulo para medios como la BBC, The Guardian o Al Jazeera.

Esa mentalidad tradicional de los barrios deprimidos explica que Bolsonaro obtuviera el respaldo del 27% de las mujeres que votaron en la primera ronda. Más que ningún otro candidato. Ellas representan a las féminas y madres que rechazan, por ejemplo, a los gays y al aborto.

¿No les influye el machismo de su adalid? “Importa menos que su lucha contra la corrupción, contra el ‘socialismo’ y su defensa de la familia tradicional”, alerta el profesor de origen brasileño Pedro dos Santos, profesor de Ciencia Política en la Universidad Saint John de Minnesota y experto en cuestiones de género y participación política.

Dos Santos detalla que el perfil de la votante mujer es similar al de los hombres: pertenece a la clase media alta, está educada y vive en zonas metropolitanas al sudeste del país.

“El apoyo femenino a Bolsonaro creció tras las manifestaciones #ÉlNo del 29 de septiembre, convocadas por sus comentarios de violación, raza y derechos LGTB. No importa lo masiva que fuera la marcha, prefieren los valores conservadores antes que el rechazo hacia su misoginia (…) La otra cara de la moneda es que hay un 15% más de mujeres en el Congreso”, apunta Marieke Riethof, profesora de Política de Latinoamérica en la Universidad de Liverpool.

Además de las mujeres y de los más desvalidos, Bolsonaro se ha encumbrado por la fuerte comunidad cristiana evangélica. “Cerca del 25% de la población es evangélica cristiana. Las iglesias tiene mucho peso político, algunas con canales de televisión. El caucus evangélico en el Congreso es fuerte y está bien organizado”, concluye Cowie.

Seguir el camino de Trump dominando las redes

Jair Bolsonaro y su equipo han logrado capitalizar el nuevo campo de batalla político. No el de los medios tradicionales, sino el de las redes sociales personales.

En un país tan grande y desigual (Brasil cuenta con cinco etnias, arrastra 34 millones de empleos irregulares, 27 millones de personas sin trabajo y se sitúa en el puesto 79 del Índice de Desarrollo Humano de la ONU), Facebook, Orkut y WhatsApp son los canales líderes para informarse.

Allí, la ola de falsas noticias y ataques hacia el principal rival de Bolsonaro, el socialista Haddad, ha calado de tal manera que el cierre de perfiles sospechosos de una presunta campaña fraudulenta a favor de la ultraderecha llega tarde.

En este sentido, dos especialistas brasileños como la periodista Cleuci de Oliveira y el politólogo Vinícius Bivar destacan el paralelismo de las fake news que benefician a Bolsonaro con la estrategia que elevó a Donald Trump hasta la Casa Blanca en 2017.

Ambos recalcan que uno de los cinco hijos de Bolsonaro –católico, pero divorciado dos veces y casado otras tres- mantuvo una reunión con el ex estratega jefe de la Casa Blanca Steve Bannon, interrogado por el Congreso estadounidense por el posible apoyo de Rusia al ascenso de Trump como presidente.

Y como Trump, Bolsonaro se ofrece ante la opinión pública como una víctima de los medios de comunicación, al tiempo que explota su aura de guardián de Brasil frente a todos los enemigos imaginables.

“Se presenta como alguien que dice lo que piensa y se sale con la suya (…) Es un candidato de ‘ley y orden’”, especifica Malu A.C. Gato, investigadora postdoctoral de Política en la Universidad de Zúrich.

A toda esta campaña orquestada se suman, como ocurre en Europa, la decepción con el bipartidismo, la inadecuada gestión de la crisis económica y la falta de una alternativa política fuerte que genere la ilusión suficiente en las clases más desfavorecidas tras el encarcelamiento de Lula Da Silva y la destitución de su sucesora, Dilma Rouseff.

Ganó, ¿pero venció?

Aun con la victoria en las presidenciales, Bolsonaro se enfrentará a un Congreso atomizado en 30 partidos, donde un Ejecutivo de coalición o los pactos puntuales constituyen la única salida para sus propuestas.

“Lula, en los días previos a la votación clave del impeachment de Dilma, decía que el Congreso era ‘una bolsa de valores: los diputados votan a quien más les da”, explica Araujo, quien prevé para Bolsonaro lo siguiente: “Tendrá el viento de cola de una elección que puede ganar arrasando y en la que muchos partidos se querrán anotar el tanto de ‘haber echado al PT”.

En este tablero el PSL se juega, entre otras medidas, la puesta en práctica de iniciativas como ‘Escuela sin Partido’, que promueve la denuncia de alumnos contra los docentes por “adoctrinamiento izquierdista”; o la reforma del Poder Judicial, con la que busca la ampliación de 11 a 21 ministros en la Corte Suprema para colocar a magistrados afines, según el politólogo Vinicius Bivar.

Su desafío al orden establecido incluye sacar a Brasil del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, al que calificó de “inútil” y de “reunión de comunistas”. También ha asegurado que cortará cualquier lazo entre Brasil y Nicolás Maduro, bajo la promesa de que su nación, ya en situación crítica, jamás se convertirá en otra Venezuela.

Riethof aventura que la ultraderecha brasileña podría inclinar la balanza hacia la órbita de países cercanos a EE.UU., poniendo así tierra de por medio con China, una nación de la que ahora depende.

Al frente del Ministerio de Economía -materia sobre la Bolsonaro no ha ocultado que es un “ignorante”- todas las miradas se dirigen a Paulo Guedes, un economista seguidor de la ultraliberal Escuela de Chicago, defensor de las privatizaciones e investigado por la Fiscalía de Brasil en la operación anticorrupción conocida como ‘Greenfield’.

De esta forma, con Jair Bolsonaro en el Palacio del Altiplano, sede de la Presidencia Federal, Brasil ha pasado de ser el milagro económico latinoamericano (desde 2008) y la punta de lanza continental con el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río 2016, a ser la cabecera de playa de la ultraderecha latinoamericana en apenas una década.

¿Volverán los militares al poder?

Bolsonaro, hijo de un dentista sin licencia, empezó y se mantuvo en un papel discreto en el Ejército hasta que vio oportunidad de lanzarse a la política en los años 80, situándose en un núcleo de influencia que sigue siendo clave dentro y fuera de las sedes parlamentarias.

Fue el Ejército el que se alzó en 1935 contra los gobernantes de Brasil con la excusa de la amenaza comunista. Y el que se impuso en 1964, manteniendouna dictadura que duró 21 años y que se cobró al menos 434 vidas, según la Comisión Nacional de la Verdad (CNV) de 2014, un ejercicio de memoria histórica que apenas llegó a la calle.

El temor a la inestabilidad en democracia y al crimen organizado hizo que Brasil se dotase de los procedimientos de Garantía de Ley y Orden, un mecanismo extraordinario que da mayor poder a las Fuerzas Armadas y transfiere a los tribunales militares la capacidad de juzgar violaciones de derechos humanos y delitos contra la vida cometidos por personal militar contra civiles.

“Ha habido 130 decretos de Garantía de Ley y Orden [en Brasil] desde 1992. En 2010, Lula da Silva abrió la caja de Pandora autorizando una intervención a largo plazo en el estado de Río de Janeiro [para controlar la delincuencia organizada en las favelas]”, indica Christoph Harig, investigador especializado en Brasil de la Universidad Helmut-Schmidt de Hamburgo.

Bolsonaro, partidario de dar a la Policía vía libre como al Ejército para frenar la delincuencia, se dio a conocer fuera de Brasil cuando en 2016 dedicó su voto favorable para la destitución de la presidenta Dilma Rousseff a Brilhane Ustra, el coronel que secuestró y torturó a la pupila de Lula.

Hasta entonces y durante 27 años, Bolsonaro solo había salido de su ostracismo político para acuñar frases en defensa de posiciones ultras y de la dictadura, tales como “El error de la dictadura fue torturar y no matar”, “No merece ser violada porque es muy fea”, “Vamos a fusilar a los petistas de Acre” o “Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que sea homosexual”.

Kristin Wylie, profesora de Política de la Universidad James Madison, explica que Bolsonaro es, sobre todo, un animal político: “Ha pasado por ocho partidos desde los 90 y saltó al Partido Social Liberal (PSL) en 2018”. El profesor Pedro dos Santos matiza: “Se mudó del PP al PSC en 2016 para distanciarse de la operación Car Wash y de la corrupción. Y se fue del PSC al PSL en 2018 para ‘crear’ un partido que le respaldara al 100%”.

Carlos Malamud, investigador del Real Instituto Elcano, duda del efecto contagio del ultraderechismo a otros países de América Latina porque la desafección no es con la democracia, sino “con los partidos tradicionales”. Sin embargo, sentencia que figuras como la del militar ponen en riesgo el sistema de valores actual: “La democracia está en peligro”.

Susana Ye. medium.com